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martes, 13 de diciembre de 2011

Dilemas aéreos

Fue estúpido y tremendamente ridículo, y por lo tanto digno de contar.

Sufro una terrible fobia a volar que ha ido creciendo con los años, se podría decir que se trata de una fobia degenerativa. Era un vuelo relativamente corto, viajaba de Santiago de Chile a Buenos Aires, Argentina, a visitar a mi querida amiga Nessy. Era la segunda vez que volaba sola, y me encontraba más vieja y neurótica (y menos tímida, por desgracia) que la última vez, de forma que no tenía a nadie a quien morder o ahogar con la almohada para tranquilizarme. Antes se me retorcía el estómago, pero ahora se me encoge el pecho, hiper-ventilo y me mareo y sufro ataques de pánico. De camino a B. A, me levanté en mitad de las turbulencias y fui corriendo donde las azafatas a pedirles que me dejaran sentarme con ellas y a preguntarles cosas estúpidas como "¡¿Por qué se mueve tanto?" con mi cara verde de expresión desquiciada.
Temía que la vuelta fuera igual o peor, y temía bien. Embarcamos y yo ya era una tableta de angustia, la tensión era tan tangible que podía untarla en pan. Entonces avisaron que saldríamos media hora más tarde por sobrevuelo. Estaba tan angustiada que me puse las gafas de sol y empecé a llorar como una toxicómana idiota, pero entonces, como un ángel de la guarda apareció la encarnación de Mr. Darcy en azafato, un hombre alto y apuesto con una voz varonil que despertó en mi una bizarra fragilidad femenina. Pasó por mi lado y me entregó un vaso de agua con unas servilletas con el logo de LAN Chile. Al principio pensé que se había equivocado de asiento, porque juraba que mis sollozos psicóticos le habían pasado inadvertidos cuando había pasado repartiendo audífonos. Las servilletas me vinieron bien, todo hay que decirlo, pero después de despegar el condenado avión se movía y yo enloquecía y me retorcía en mi asiento. Volví donde los azafatos, un chico una chica, y les pedí una infusión confesándoles al mismo tiempo mi gran patología y reconociendo mi deplorable situación. Ellos consideraron que me haría mejor un vino tinto.

-¿Cuántos años tienes?
-Veeintii.. uno.

Empezaron a preguntarme cosas y a conversar conmigo dandome datitos tranquilizadores como que esas turbulencias no eran nada, o que los pilotos buscaban las mejores zonas, que no había nadie mejor que los pilotos chilenos o argentinos para cruzar la cordillera, que era solo un poco de viento etc., cuando de pronto apareció Mr. Darcy con el carrito de la merienda y se unió a la conversación. Había vivido en Barcelona y había pasado por Bilbao, y yo tuve que hablar de lo que estudiaba y esas cosas y, cuando tuvo que irse con el carrito, insistió en que lo llamara si necesitaba cualquier cosa. Más tranquila, volví a mi asiento y me dediqué a beber. La señora de al lado, que antes había intentado tranquilizarme con un caramelo, me ofreció conversación para el resto del viaje, realmente le estoy eternamente agradecida. El vino empezaba a hacer efecto y mi tez recobraba cierto color. Darcy volvió a pasar y me preguntó si estaba mejor.

-Si, gracias (con ésta cara).

Y me tocó el hombro, cual maestro reiki sanador. Entonces mi expresión cambió (a ésta).
Más tarde, cuando pasaron los otros azafatos repartiendo alimentos que mi cerrado estómago no podía ni mirar, pedí vino nuevamente, aunque algo temerosa de que se mostraran reticentes a emborrachar a una joven dama. Sin embargo, para mi alivio, el azafato añadió:

-Si necesita más, nos avisa, aquí está el botón.

WIN.

Seguí conversando con la señora, y cuando tuve que ir al baño vi a Darcy leyendo el periódico, qué estampa más llena de amor.

Por fin empezamos el descenso. Aterrizamos. Me despedí de la señora y de su acompañante y les agradecí la conversación. Bajé mi maleta (-Te ayudo? -No. (qué se creen, que no puedo?)). Me dirigí a la salida. Ahí estaba, despidiendo a los pasajeros. Levanté levemente la cabeza para despedirme y darle las gracias con una cara similar a la primera y me preparaba para salir de escena cuando la endemoniada maleta se me enganchó en una esquina.

Lo último que vi de Darcy fue él desatascando mi maleta.

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