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viernes, 6 de enero de 2012

Desde las tempranas intuiciones de Nietzsche, pasando por la teoría
relativista de Paul Feyerabend, hasta el constructivismo radical de Heinz von
Foerster o Ernst von Glasersfeld, se infiere una trayectoria consecuente de la
filosofía y de la ciencia en el sentido de investigar y demostrar que la realidad
no es un hecho dado, preexistente, sino una construcción, y que nuestro
conocimiento no es del tipo reproductivo, sino del tipo creativo. La
conformación de la realidad, entendida desde el punto de vista de la creación,
se muestra entonces como un proceso estético. Fundamental en la constitución
de este proceso es el papel desempeñado actualmente por los medios
tecnológicos.
(…)
En el siglo XVII, un personaje sin duda curioso ha ampliado la utilización de la cámara oscura. Athanasius Kircher, un jesuita y científico alemán, hizo su fama en Roma mostrando en la iglesia, a los fieles asustados, la primera visión “viva” del infierno. Lo que para nosotros puede parecer hoy un tanto grotesco, a mediados del siglo XVII seguramente fue motivo de gran espanto y sirvió, para muchos cristianos, como argumento poderoso contra el pecado. Kircher siguió la idea de la Biblia Pauperum, una táctica muy difundida desde la Edad Media para acercar los fieles a la palabra de Dios mediante el empleo de imágenes, ya que la gran mayoría de las personas en la época era analfabeta. El jesuita integró a la cámara oscura una luz artificial interna y una lente (que cumplían la función de la linterna y la lente del objetivo de un proyector actual), transformándola en una especie de linterna mágica. Eso le permitía proyectar imágenes dibujadas a una distancia de hasta 150 metros (según nos cuenta), que aparecían proporcionalmente ampliadas por el efecto de la lente. Pero la sutileza de su invento era aún más sorprendente. Para sugerir la sensación de vitalidad a sus proyecciones infernales, utilizaba los recursos más increíbles, como el empleo del humo para dar la idea de movimiento a las figuras, o la inclusión de insectos raros en sus imágenes del infierno, que ampliados cien veces parecían monstruos diabólicos.
Kircher utiliza la imagen proveniente de un aparato como estrategia de persuasión al servicio de unas creencias. El jesuita hace visible una imagen mental –la del infierno, de los demonios–; emplea la simulación para hacer realidad un mundo totalmente ficticio. Si Bosco ha dado, a través de la pintura, una nueva visión de la esfera de lo infernal, exaltando su dimensión antihumana y antinatural –y por consiguiente, antimundo frente a lo celestial y lo terrenal–, Kircher consigue con su acción incorporar la experiencia de lo infernal a la vida terrestre, perfilando así una visión de infierno intraterrena. La apropiación de Kircher de la imagen inmaterial en movimiento para provocar una determinada reacción sensible en un grupo puede ser considerada como una acción poética, que extrapola per se el ámbito de lo sagrado, para actuar en el ámbito de la cultura, de la estética. Transforma el espacio de la iglesia en espacio para la experiencia de una realidad (que podríamos llamar) “virtual”.


CLAUDIA GIANNETI, Estética de la simulación

Ídolo, el tal Kircher.

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