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lunes, 5 de marzo de 2012

Lars

Al niño le correspondía decidir si necesitaba ir al dentista, si tenía que hacer sus deberes o si ya era hora de ir a dormir.
El fruto de estas libertades insólitas fue un niño que se sentía de todo menos libre, que vivía lastrado por la pesada responsabilidad de tomar todas sus propias decisiones. Para colmo, sentía gravitar el planeta entero sobre sus hombros. "Me aterrorizaba la bomba atómica. Cada noche, antes de irme a dormir, hacía toda clase de rituales para salvar el mundo".
En un plano espiritual, le fueron negadas muchas de las fantasías que se acogen a los niños pequeños.

Mis padres se morían de ganas de contarme que Santa Claus no existía. Cuesta ser un niño cuando todo tiene que ser tan explicable y franco. Sólo cuando crecí pude permitirme el lujo de creer en Santa Claus. Me enseñaron que no había ningún significado profundo que buscarle a la existencia. Cuando te mueres, te mueres. Una persona no es más que un amasijo de moléculas.

Por si fuera poco, a Lars le enviaron a la escuela Lundtofte, un lugar que ya entonces le parecía muy estricto y anacrónico. La rutina escolar era un continuo formar filas, caminar a paso marcial y sentarse todos a una. Se necesitaba permiso para todo, hasta par ir al lavabo. A él lo que le gustaba era mirar por la ventana.

Me sentaba allí cada día con la esperanza de ser un día un jardinero, porque fuera solía ver a dos jardineros arrancando malas hierbas. Estaba convencido de que hacer eso era tener toda la suerte del mundo. Ellos hacían justo lo que querían mientras yo estaba allí sentado, sufriendo.

El choque entre una vida doméstica sin límites y una vida escolar hiperreglamentada fue bastante traumático para el chico. (…) Falto de disciplina en casa y aborreciendo la que le imponían en la escuela, tuvo que inventar sus propios juegos, dictarse sus propias reglas y crearse su propia disciplina interior.

LARS VON TRIER - Jack Stevenson

Oh, como te entiendo, Lars!

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